Una multitud de trabajadores de limpieza comenzó a congregarse, rodeando a Lucía con una mezcla de compasión e impotencia. Al fin y al cabo, la basura no tenía nombre ni voz. Para ellos, Lucía ya había perdido antes de que esto comenzara. Momentos después, el grupo siguió a Lucía y Esther hacia la calle.
La zona era un desastre: colillas, bolsas de plástico y pañuelos grasientos desprendían un hedor tan fuerte que la gente se tapaba la nariz. Lucía miró a Carl, quien estaba de pie detrás de su