La mañana amaneció gélida, con un cielo de color ceniza que parecía presagiar el final de una era. Sofía viajaba en el asiento trasero del coche de Alexander, pero esta vez no había nerviosismo en su mirada, solo una determinación de obsidiana. En su regazo descansaba una carpeta de cuero que contenía la escritura de propiedad de la mansión Smith. Simón no solo la había comprado; la había puesto íntegramente a nombre de la Señorita Lennox.
El coche se detuvo frente a la imponente verja de hierr