La tarde en los jardines de la casona de las afueras tenía una calidad de calma. El aire frío de febrero mordía las mejillas, pero el sol brillaba con una intensidad engañosa, filtrándose entre las ramas desnudas de los robles. Sofía caminaba por el césped agostado, observando a los niños. Arthur gateaba con energía sobre una manta térmica, mientras la pequeña Lucía, aún silenciosa y con la mirada cautelosa, jugaba con unas hojas secas bajo la sombra del gran sauce.
A unos metros, sentado en su