El zumbido constante de los ventiladores de refrigeración, que solía ser el pulso vital del ático, se sentía esa noche como el tic-tac de una bomba de relojería. Simón Thorne no se había movido de su silla en seis horas. Su rostro, iluminado por el resplandor azulado de siete monitores, parecía el de un espectro atrapado en una red de su propia creación.
La revelación de Williams sobre el Motor había cambiado las reglas del juego. Ya no se trataba de ocultar a una persona de unos asesinos; se t