Lysandra permaneció en su despacho, acariciando el frío metal de la tiara de su madre. El silencio de la mansión, antes asfixiante, ahora le pertenecía. La puerta se abrió con un roce suave. No era Cassandra. No era el oficial de policía. Era Adrián. Entró con los hombros caídos y el rostro desdibujado por la resaca del alcohol residual y una desesperación que parecía genuina.
Él no gritó. No reclamó por las joyas de Beatriz ni por la humillación del desayuno. Se detuvo a unos metros del escri