Aterricé en la manada del norte.
Todo aquí me resultaba extraño y nuevo. Al principio, costaba adaptarme.
Pero, tras dejar atrás un pasado miserable, mi espíritu se fortaleció más que nunca.
La pasión por la repostería que cultivé durante años ahora me sirvió de sustento. Conseguí trabajo como panadera.
Alquilé un pequeño departamento en una calle bulliciosa. No era la lujosa villa de antes, pero allí conocí a muchos amigos nuevos.
Cada mañana, llegaba puntual a la panadería, saludaba a la