A la mañana siguiente, Nadia despertó. Se movió ligeramente y sintió como si todo su cuerpo hubiera sido aplastado por un automóvil: estaba adolorida, dolorida y a punto de desmoronarse.
Las escenas desenfrenadas de la noche anterior inundaron su mente, haciendo que su rostro se enrojeciera instantáneamente.
Nadia levantó la mirada y vio el rostro de Héctor; estaba durmiendo en sus brazos.
Extendió la mano y acarició su rostro. Seguía siendo tan apuesto y cautivador como antes, haciendo que su c