Mateo sonrió. Efectivamente, ella no necesitaba depender de ningún hombre; ella misma era la élite y el poder.
Mateo extendió su mano. —Tina, encantado.
Valentina le dio la mano cortésmente. —Señor Figueroa, un placer.
Viendo a los dos estrechándose las manos bajo las brillantes luces, Luciana sentía tanto odio que casi se rompe los dientes de tanto apretarlos. Ahora Valentina era el centro de atención; Mateo y todos los demás la rodeaban, mientras que ella había sido ignorada, relegada a un seg