Valentina le respondió con desdén.
Mateo encendió el lujoso automóvil, que ahora avanzaba velozmente pero con estabilidad por la carretera. Sus manos, de nudillos bien definidos, sujetaban el volante mientras esbozaba una sonrisa sin apartar la vista del camino.
—¿Cómo voy a saber si quieres robarlos o no? Hay demasiadas mujeres que quieren robar mis genes para darme hijos. No puedo confiar en ti.
Valentina suspiró.
¡Qué arrogante era!
Aunque, a decir verdad, Mateo tenía motivos para serlo.
Vale