A lo largo de los años, ella se había acostumbrado a vagar sin rumbo, y en ese peregrinar había crecido. Sin embargo, descubrió que, más que el sufrimiento, era la amabilidad lo que provocaba sus lágrimas.
Dolores envolvió a Valentina en un abrazo cálido, dándole suaves palmaditas en la espalda como lo haría con una niña pequeña.
—¿Por qué tanta formalidad conmigo, mi niña tonta?
—Abuela, necesito decirte algo.
—Dime, ¿qué pasa?
Desde el umbral, Mateo observaba a Valentina, quien, recostada en e