El domingo amaneció con el Mediterráneo color plata y Sara Navarro despierta antes que él.
Se quedó quieta.
No quería moverse. No todavía.
Marcos dormía de lado, con un brazo sobre su cintura y la respiración lenta y uniforme de alguien que por primera vez en mucho tiempo había decidido soltar algo que cargaba solo. En la luz gris del amanecer, sin la corbata, sin el traje, sin la distancia ejecutiva que usaba como escudo en cada reunión y cada pasillo y cada buenos días Navarro dicho con es