Ninguno propuso volver.
Ocurrió así de simple. El sol terminó de hundirse en el Mediterráneo, Barcelona encendió sus luces una a una como si alguien las fuera nombrando, y Marcos y Sara seguían en el paseo marítimo con las manos entrelazadas y el silencio cómodo de dos personas que han encontrado un lugar donde estar sin necesidad de justificarlo.
Fue Marcos quien habló primero.
—Tengo hambre —dijo.
Sara lo miró de reojo.
—Qué romántico.
La comisura de sus labios se movió. Esa sonrisa nue