Su teléfono se había convertido en una especie de maldición.
Cada pocos minutos se iluminaba en su mano: otro mensaje enviado al vacío, otra llamada que sonaba y moría en el correo de voz, otra nota de voz que grababa a las dos de la mañana con la voz quebrándosele de formas que le habría avergonzado dejar que cualquier otra persona escuchara. Había dejado de contar cuántas veces había dicho el nombre de ella en ese teléfono. En algún punto pasados los cuarenta mensajes, las palabras habían dej