Los dedos de Miguel apenas habían rozado el sobre cuando un jadeo agudo cortó el silencio detrás de él.
Se giró.
Luna estaba a unos pasos de distancia, con una mano presionada contra la pared como si esta fuera lo único que la mantenía en pie. Su rostro se había vuelto ceniciento, desprovisto de color, con un ligero brillo de sudor adhiriéndose a su sien. Sus rodillas se doblaron ligeramente. Otro jadeo se desgarró de sus labios, fino y entrecortado.
* ¡Luna!
La carta se deslizó de sus dedos,