Luna escuchó el toque en la puerta de su apartamento un poco antes de las nueve esa noche, nítido y sin prisas, tres golpes deliberados que no llevaban nada de la tentativa incertidumbre de un vecino o un repartidor. La abrió esperando, tal vez, a otro mensajero de abogados, otro documento formal que requiriera firma, y encontró en su lugar un rostro que no había visto en casi ocho meses, parado en su umbral con una expresión que hizo que su estómago se cayera hasta el suelo antes de que él hub