El lujo del penthouse en la torre más alta de Brickell era, para Lina Holland, la culminación de un destino que siempre creyó merecer.
Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la bahía de Miami, pero el cristal también actuaba como una barrera que silenciaba los gritos de la realidad financiada por la mano invisible de Alister Thorne, Lina había pasado de ser una fugitiva del pasado a la madre redimida que la prensa devoraba con morbo.
Esa noche, el apartamento bullía con el sonid