El silencio que siguió al cese de los disparos era casi más abrumador que el rugido de la tormenta. El viento seguía azotando la estructura de piedra, pero el intercambio de fuego había sido reemplazado por el sonido rítmico del oleaje y el goteo incesante del agua filtrada por las grietas.
Iván permanecía junto a la ventana abierta por la que Henry acababa de saltar, su pecho subía y bajaba con violencia, y el cañón de su arma aún humeaba.
Sus ojos escudriñaban la negrura de la noche, buscando