La mañana sobre la bahía de Miami nació con una claridad hiriente, como si el cielo mismo hubiera decidido lavar las cenizas del asedio al faro y la destrucción en Coconut Grove.
Para Iván Lockwood, sentado en su oficina de la Torre Lockwood, esa luz representaba algo más que un nuevo día, representaba la justicia fría, matemática y absoluta.
Sobre su escritorio de caoba, los monitores financieros parpadeaban en un rojo frenético, pero no eran sus acciones las que caían, era el nombre de Aliste