El aire en el bloque de máxima seguridad de la prisión federal era denso, impregnado de una mezcla de sudor, hormigón húmedo y la desesperación de hombres que sabían que nunca volverían a ver el horizonte.
Iván Lockwood caminaba por el pasillo central, el eco de sus zapatos de cuero contra el suelo de cemento sonando como una cuenta regresiva. No llevaba escolta, no la necesitaba, quería que Alister sintiera el peso de su presencia, el peso de un hombre que había resurgido de las cenizas para r