En cuanto escuchó la noticia, Julian se quedó paralizado, como si todo su ser hubiera hecho cortocircuito. Su expresión oscilaba entre la incredulidad y la agonía, y le temblaban las pálidas mejillas.
El hombre que yo creía incapaz de derramar una lágrima por mí, rebuscó aturdido en su equipaje y sacó una pluma fuente desgastada.
Fue el primer regalo que le di, grabada con sus iniciales. La había comprado con el dinero que ahorré de un trabajo de medio tiempo para su cumpleaños dieciocho.
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