El silencio en el baño se volvió tan denso que Helena sintió que las paredes de mármol se cerraban sobre ella, asfixiándola.
Alexander no la soltaba, sus manos eran grilletes de fuego sobre sus muñecas frías, y su aliento, agitado por una furia que ella no terminaba de comprender, golpeaba su rostro.
El olor a sándalo y tabaco que emanaba de él, usualmente un perfume que la seducía a su pesar, ahora le resultaba insoportable, mezclado con el aroma metálico del miedo que brotaba de sus propios p