La sala de control de Onyx permanecía en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido de los servidores y el goteo intermitente de la sangre de Alexander Miller sobre la mesa de cristal.
Con la ceja abierta y el torso desnudo cruzado por vendajes médicos empapados en sudor, el magnate devoraba la información de las pantallas.
Su perfil más despiadado y frío, aquel que utilizaba años atrás para despedazar competidores en Wall Street, había despertado con una fuerza salvaje ante la crisi