El frío de la prisión federal de Miami se le pegó a los huesos en cuanto las puertas de hierro se cerraron detrás de ella con un estruendo definitivo.
Helena caminaba con la cabeza en alto, pero el temblor de sus manos delataba el pánico que le devoraba el pecho.
La frialdad del mármol del hospital había sido sustituida por el gris opaco de las paredes de concreto y el olor rancio a desinfectante industrial.
El déjà vu de las esposas mordiéndole las muñecas la hacía sentir como si estuviera atr