El motor del Porsche negro rugió con violencia, apagándose justo cuando los neumáticos se hundieron en la gravilla húmeda.
Alexander no había tomado la autopista hacia la imponente mansión de Brickell, ni mucho menos hacia los muelles públicos donde la prensa y los hombres de Magnus Miller aguardaban el más mínimo paso en falso.
El instinto recuperado de su cabeza lo había guiado en dirección contraria, descendiendo por una carretera secundaria y ciega hasta los confines de los Cayos de Florida