La amenaza de Magnus aún vibraba en las paredes de la cabaña cuando Alexander apagó el teléfono de un manotazo.
Sus ojos grises, destilaban la frialdad implacable del líder que estaba dispuesto a lo que fuera por su familia.
No había tiempo para lamentos ni para procesar el impacto de sus recuerdos recuperados, su hijo estaba cruzando hacia el límite de las aguas internacionales.
— Tenemos que volver a Miami ahora mismo — sentenció Alex, tomando a Helena por la muñeca con una firmeza protectora