Las palabras de Alexander flotaron en el aire del cubículo de visitas como dagas envenenadas.
Al otro lado del cristal reforzado, Helena sintió que la acusación de haberlo usado como un peón le perforaba el pecho, pero en lugar de doblegarse, una furia digna y desesperada le encendió las pupilas esmeralda.
El dolor físico que atormentaba las sienes de Alex se intensificó, el magnetismo carnal que emanaba de la mujer fluía a través de la línea telefónica, asfixiándolo, devorándolo por completo.