El amanecer sobre la prisión de Broward no trajo alivio, sino la certeza gris de una nueva condena. A las seis de la mañana, cuando el suministro eléctrico del penal se restableció por completo con un zumbido metálico, las puertas de las celdas 4 y 5 se abrieron simultáneamente.
No eran las celadoras habituales del turno de día, un equipo médico penitenciario, escoltado por dos oficiales armados con escopetas de dispersión, esperaba en el pasillo.
Helena se puso de pie con dificultad, apoyando