Estoy sentada en la ambulancia, envuelta en una manta térmica que no logra calmar los temblores que recorren mi cuerpo. Tengo las manos manchadas de sangre seca —la sangre que brotaba del hombro de Cassian mientras lo abrazaba—, y mi corazón late tan rápido que siento que en cualquier momento va a estallar. A mi lado, una paramédica sostiene mi muñeca, tomando mi pulso mientras otra revisa mis signos vitales con movimientos suaves. Me hacen preguntas sobre mi embarazo, preguntan si siento dolor