—Te admiro, Seraphina. De verdad lo hago —le digo mientras la veo sentarse en el borde de mi cama, con las manos temblando y los ojos aun brillando por las lágrimas.
Ella me mira, descolocada, como si mis palabras le fueran ajenas. Pero no lo son. No deberían serlo. Su rostro está pálido, sus labios apretados, como si contuviera más de lo que ha dicho. Y quizá así sea.
—Si quieres tenerlo, esa decisión debe ser tuya. Solo tuya. De nadie más —añado con firmeza, acercándome a ella y sentándome a