La semana que siguió fue reconfortantemente silenciosa.
No hubo balas ni explosiones, no hubo persecuciones nocturnas ni llamadas urgentes antes del amanecer. Para los Volkov, aquello era casi antinatural. El silencio no significaba paz, significaba espera. Era el tipo de calma que se sentía como una respiración contenida, como si el mundo estuviera decidiendo si volver a arder o permitirles, al fin, descansar.
Las calles alrededor de la mansión parecían normales otra vez. Los guardias seguía