El ruido de los refuerzos llegó como un rugido tardío.
No fue una sola explosión de sonido, sino muchas superpuestas: motores forzados al límite, neumáticos chirriando contra el asfalto mojado, puertas que se abrían de golpe, pasos apresurados, órdenes gritadas sin coordinación. Por un instante, la calle se transformó en una boca abierta dispuesta a devorarlo todo.
Por un momento, todo pareció inclinarse a favor de Viktor Kazán.
Más vehículos irrumpiendo desde calles laterales, camionetas bl