Habían pasado un par de meses desde la noche en que el mundo de Lía se rompió y volvió a armarse con cicatrices nuevas.
No fue un proceso limpio ni ordenado. Nada en su vida lo había sido jamás, pero el tiempo, implacable y terco, siguió avanzando incluso cuando ella se sentía estancada. Las heridas dejaron de sangrar, aunque no de doler. El duelo se volvió más silencioso, la culpa, más soportable, no más ligera, solo… distinta.
Ahora, su vientre ya no era una promesa discreta, sino una realidad imposible de ignorar. Más de cinco meses, redondo, firme y vivo. Una presencia constante que la obligaba a caminar más despacio, a respirar distinto, a existir con más cuidado, aunque su entorno jamás se lo permitiera del todo.
La mansión Volkov se había adaptado a su embarazo como se adaptaba a todo: con seguridad extrema, logística exagerada y discusiones diarias.
Había más médicos, más controles, más restricciones que Lía ignoraba con elegante terquedad. Había aprendido a negociar cada paso