Lía no respondió de inmediato.
Siguió mirando el cielo como si buscara una respuesta escrita entre las estrellas, como si alguna de ellas tuviera el descaro de prometer que el dolor tenía un orden, una lógica, un final claro. El silencio entre ambas no fue incómodo, fue honesto. Denso, como todo lo que no se dice porque todavía duele demasiado decirlo.
El césped estaba húmedo por el rocío nocturno y la brisa arrastraba el olor lejano de tierra mojada. Lía respiró hondo, pero el aire parecía quedarse atascado en el pecho. Cada inspiración era un esfuerzo consciente, como si su cuerpo aún no confiara en que podía relajarse.
—Ambas cosas —dijo Lía al fin—. Pero no por las razones que crees.
Desvió la mirada de la luna y la fijó en el suelo bajo sus pies descalzos. Sentía el frío subirle por la piel, pero no se movió. Había pasado demasiados días insensible como para preocuparse ahora por el cuerpo. El dolor físico era fácil, el otro no.
—Te duele haber creído —continuó Chely—. Porque con