Lía no respondió de inmediato.
Siguió mirando el cielo como si buscara una respuesta escrita entre las estrellas, como si alguna de ellas tuviera el descaro de prometer que el dolor tenía un orden, una lógica, un final claro. El silencio entre ambas no fue incómodo, fue honesto. Denso, como todo lo que no se dice porque todavía duele demasiado decirlo.
El césped estaba húmedo por el rocío nocturno y la brisa arrastraba el olor lejano de tierra mojada. Lía respiró hondo, pero el aire parecía que