El cuerpo de Josué Rossi quedó suspendido contra la pared, los pies apenas tocando el suelo. La mano de Adrik apretaba su cuello con la precisión de alguien que sabía exactamente cuánta presión aplicar para matar o para asustar.
El restaurante entero se congeló, el tintinear de las copas se detuvo, las conversaciones murieron a medias y los músicos dejaron de tocar sin que nadie se los pidiera. Incluso el aire pareció volverse más espeso, cargado de una electricidad peligrosa.
Lía se llevó una