Durante una semana entera, Leo creyó que estaba ganando.
Las presiones habían sido constantes, calculadas, casi elegantes. Empresas bloqueadas, aliados dubitativos, rumores filtrados en los círculos correctos. Todo indicaba que los Volkov estaban retrocediendo, que el silencio de Adrik no era estrategia sino desgaste. Leo observaba el tablero con la calma de quien se sabe varios pasos adelante.
Lo que no vio —o no quiso ver— fue que el silencio no siempre es rendición.
En un sótano subterráneo, lejos de cámaras y oídos indiscretos, Adrik Volkov estaba de pie frente a una mesa de cristal iluminada desde abajo. Sobre ella, mapas financieros, nombres, rutas, cuentas falsas y verdaderas. Damir hablaba sin detenerse, Khalil corregía datos, Nikolai observaba en silencio, memorizando cada movimiento posible del enemigo.
—Leo ha concentrado demasiado poder en tres frentes —dijo Damir—. Finanzas, aduanas y dos alianzas políticas. Si cortamos uno, los otros tiemblan. Si cortamos dos… cae.
—Ento