El primer síntoma fue el cansancio.
No uno normal, no el agotamiento amable de una noche mal dormida o de demasiadas emociones acumuladas, sino un peso espeso que se le instaló en el cuerpo a Lía desde temprano, como si algo dentro de ella se estuviera preparando para resistir. Se levantó con dificultad, apoyando una mano en el borde de la cama y la otra en el vientre, respirando hondo hasta que el mareo cedió.
—Tranquila… —susurró, más para sí misma que para el bebé como siempre—. Solo es otro