Capítulo 36: Silencio y Mentiras

El primer síntoma fue el cansancio.

No uno normal, no el agotamiento amable de una noche mal dormida o de demasiadas emociones acumuladas, sino un peso espeso que se le instaló en el cuerpo a Lía desde temprano, como si algo dentro de ella se estuviera preparando para resistir. Se levantó con dificultad, apoyando una mano en el borde de la cama y la otra en el vientre, respirando hondo hasta que el mareo cedió.

—Tranquila… —susurró, más para sí misma que para el bebé como siempre—. Solo es otro día.

Pero no lo era.

La mansión seguía siendo demasiado perfecta, demasiado ordenada y demasiado silenciosa. Leo se había ido temprano, sin despedirse, algo inusual en él. Dejó instrucciones precisas al personal, pidió que no la molestaran y que cualquier necesidad se resolviera sin que ella tuviera que pedirla. Aquella forma suya de cuidar sin preguntar, de decidir por ella sin tocarla, seguía generándole una incomodidad difícil de explicar.

Lía bajó a desayunar con el cuaderno bajo el brazo.
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