Lía se quedó sola donde Chely la había dejado.
El pasillo parecía más largo de lo normal, como si el espacio mismo se hubiera estirado para obligarla a permanecer ahí, con el corazón golpeándole las costillas. El silencio que siguió no fue inmediato; primero hubo un zumbido persistente en sus oídos, una presión incómoda en el pecho, como si algo invisible la apretara desde dentro. Las palabras de Chely regresaban una y otra vez, clavándosele como espinas imposibles de arrancar.
“Pudo salvar a tu abuela y no lo hizo”.
Cerró los ojos con fuerza, llevándose una mano al vientre. Su respiración se volvió corta, desordenada. Inspiró profundo, contando mentalmente como le habían enseñado, buscando calma por su bebé. Por ese pequeño ser que dependía de ella para todo, incluso para mantenerse en pie, pero la calma no llegó.
En su mente comenzaron a mezclarse recuerdos que hasta ahora había guardado en compartimentos distintos, como si separarlos los hiciera menos peligrosos. Adrik esperándola