Lía se quedó sola donde Chely la había dejado.
El pasillo parecía más largo de lo normal, como si el espacio mismo se hubiera estirado para obligarla a permanecer ahí, con el corazón golpeándole las costillas. El silencio que siguió no fue inmediato; primero hubo un zumbido persistente en sus oídos, una presión incómoda en el pecho, como si algo invisible la apretara desde dentro. Las palabras de Chely regresaban una y otra vez, clavándosele como espinas imposibles de arrancar.
“Pudo salvar a t