La mansión despertó con un silencio distinto.
No era la quietud cómoda de los lugares seguros, sino una calma expectante, cargada de decisiones no dichas y pensamientos afilados. Lía lo sintió incluso antes de abrir los ojos. Tenía la sensación de que algo se estaba moviendo bajo la superficie de su vida, como una grieta lenta que avanzaba sin hacer ruido.
Se incorporó despacio en la cama, llevándose una mano al vientre de forma instintiva. La barriguita ya no podía ocultarse ni siquiera bajo las telas sueltas. Era una presencia firme, real, recordándole cada mañana que, pese al caos, algo dentro de ella seguía creciendo con una terquedad admirable.
—Todo está bien… —susurró, más para sí misma que para la vida que llevaba dentro.
Había recuperado parte de su rutina. Se levantaba temprano, desayunaba aunque no tuviera hambre, estudiaba los módulos de la universidad desde casa y caminaba por los jardines con un cuaderno bajo el brazo. Leo se aseguraba de que no le faltara nada. Demasiad