La negociación había comenzado con sonrisas falsas y silencios demasiado largos.
Adrik Volkov no confiaba en los japoneses, pero tampoco los subestimaba. Eran precisos, fríos y peligrosamente educados. El tipo de hombres que no alzaban la voz porque sabían que no lo necesitaban.
La sala privada estaba impregnada de olor a whisky caro y madera vieja. Tres hombres frente a él, trajes impecables, rostros imperturbables. Nikolai permanecía de pie a su espalda, brazos cruzados, ojos atentos a cada m