La negociación había comenzado con sonrisas falsas y silencios demasiado largos.
Adrik Volkov no confiaba en los japoneses, pero tampoco los subestimaba. Eran precisos, fríos y peligrosamente educados. El tipo de hombres que no alzaban la voz porque sabían que no lo necesitaban.
La sala privada estaba impregnada de olor a whisky caro y madera vieja. Tres hombres frente a él, trajes impecables, rostros imperturbables. Nikolai permanecía de pie a su espalda, brazos cruzados, ojos atentos a cada microgesto.
—El puerto del norte —dijo el líder japonés al fin, con un italiano pulcro—. Queremos acceso exclusivo. A cambio, armas, rutas limpias y silencio.
Adrik apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—El puerto del norte no se regala —respondió—. Se gana.
Hubo una pausa densa.
—Sus enemigos ya lo quieren —añadió el japonés—. Nosotros lo protegemos.
—Yo no necesito protección —sonrió Adrik sin humor—. Necesito aliados que no me apuñalen cuando les dé la espalda.
Los hombres intercambiaron miradas