La ciudad nunca dormía, pero esa noche parecía contener la respiración.
Adrik Volkov estaba de pie frente a la pared de pantallas, los brazos cruzados, la mandíbula tensa hasta doler. Cámaras, registros, llamadas, nombres. Todo desfilaba ante sus ojos sin ofrecer nada sólido. Un vacío insultante y un silencio que gritaba.
—Repásalo otra vez —ordenó, con la voz baja y cargada de veneno.
Damir tecleó sin protestar, Mikhail hablaba por teléfono en ruso cerrado, mientras Vladimir caminaba de un lad