La mansión Volkov estaba viviendo algo que no se parecía a nada que hubiera conocido antes.
No era calma —eso nunca existía del todo allí—, pero sí una especie de felicidad vibrante y peligrosa, pero real.
Lía lo sentía en los pequeños gestos. En la forma en que Adrik ya no dormía dándole la espalda, sino con la mano extendida sobre su vientre, como si temiera que el mundo pudiera llevárselo mientras parpadeaba. En las conversaciones nocturnas, cuando hablaban de la boda sin planes concretos, pero con una certeza absoluta: iba a pasar.
—No quiero algo enorme —dijo Lía, recostada contra su pecho—. No necesito demostrar nada.
—Yo sí —respondía él sin dudar—. Quiero que todos sepan que eres mía.
—Otra vez con eso…
—Y que yo soy tuyo —añadía, besándole la frente—. Aunque eso no lo entiendan tan fácil.
El vientre de Lía crecía sin pedir permiso. Redondo, firme, imposible de ocultar incluso bajo ropa holgada y Adrik… Adrik parecía vivir fascinado por ese cambio, como si cada centímetro nuev