La mansión Volkov estaba viviendo algo que no se parecía a nada que hubiera conocido antes.
No era calma —eso nunca existía del todo allí—, pero sí una especie de felicidad vibrante y peligrosa, pero real.
Lía lo sentía en los pequeños gestos. En la forma en que Adrik ya no dormía dándole la espalda, sino con la mano extendida sobre su vientre, como si temiera que el mundo pudiera llevárselo mientras parpadeaba. En las conversaciones nocturnas, cuando hablaban de la boda sin planes concretos, p