La casa volvió a llenarse de voces antes de que Lía pudiera procesar del todo que esa noche no sería tranquila.
Había pasado de la tensión pura —Las heridas sangrientas de Adrik— a una calma engañosa en cuestión de horas.
El olor a desinfectante aún flotaba en el dormitorio, mezclado con vapor caliente y ese perfume amaderado que siempre lo acompañaba. Adrik estaba saliendo de la ducha, por orden estricta de su gitana, y no había espacio para discusión. Ni siquiera el temido Volkov discutía cu