La casa volvió a llenarse de voces antes de que Lía pudiera procesar del todo que esa noche no sería tranquila.
Había pasado de la tensión pura —Las heridas sangrientas de Adrik— a una calma engañosa en cuestión de horas.
El olor a desinfectante aún flotaba en el dormitorio, mezclado con vapor caliente y ese perfume amaderado que siempre lo acompañaba. Adrik estaba saliendo de la ducha, por orden estricta de su gitana, y no había espacio para discusión. Ni siquiera el temido Volkov discutía cuando Lía usaba ese tono.
La doctora terminó de cerrar la herida de su costado con una eficiencia que delataba costumbre. Sus manos no temblaban, pero sus ojos se desviaban cada tanto hacia Lía, consciente de que estaba siendo observada con la intensidad de un halcón.
Lía seguía cada punto con el ceño fruncido, los brazos cruzados bajo el pecho. De vez en cuando, casi de manera inconsciente, una de sus manos iba directo a su vientre ya evidente. No era grande, pero estaba ahí, firme, recordándole