La barriguita de Lía ya no podía esconderse.
No era grande, pero sí lo suficiente como para que, al mirarse al espejo cada mañana, su mano fuera directo a ese pequeño abultamiento que marcaba el ritmo de su nueva vida. Allí dentro había vida, futuro y también una firme promesa de que no volvería a ser débil.
El secuestro había dejado cicatrices. Algunas visibles, otras enterradas en zonas más profundas de su mente, pero lejos de quebrarla, algo en ella se había ordenado de una manera brutalmente honesta: aceptó que dentro de sí existía un lado oscuro. Uno que no pedía perdón por querer sobrevivir.
Prefería infligir dolor antes que volver a sentirlo en su propia piel y esa aceptación —cruda, sin romanticismo— la había ayudado a seguir adelante.
Su rutina volvió poco a poco. No era la misma de antes, pero funcionaba. La universidad seguía presente, aunque asistía por módulos especiales; Adrik se había encargado de que nadie hiciera demasiadas preguntas. Estudiaba cuando podía, leía por