La barriguita de Lía ya no podía esconderse.
No era grande, pero sí lo suficiente como para que, al mirarse al espejo cada mañana, su mano fuera directo a ese pequeño abultamiento que marcaba el ritmo de su nueva vida. Allí dentro había vida, futuro y también una firme promesa de que no volvería a ser débil.
El secuestro había dejado cicatrices. Algunas visibles, otras enterradas en zonas más profundas de su mente, pero lejos de quebrarla, algo en ella se había ordenado de una manera brutalment