Capítulo 23: El Paciente

La mañana como siempre llegó con náuseas e incomodidades, pero con una calma que superaba cualquier cosa.

Lía despertó con el peso del brazo de Adrik rodeándole la cintura y con esa sensación nueva —cada día más evidente— de plenitud. Su vientre ya no podía ocultarse. No era enorme, pero sí innegable: redondeado, firme, vivo. Se llevó la mano ahí casi por instinto, sonriendo mientras sentía cómo el mundo parecía acomodarse alrededor de esa pequeña curva.

Adrik estaba despierto. Lo supo antes de que él hablara, por la forma en que su respiración había cambiado y por el modo en que sus dedos se cerraron apenas un poco más contra su piel.

—Te quedaste mirándolo —murmuró él, con esa voz grave que solo usaba con ella—. Como si fuera un milagro.

—Porque lo es —respondió Lía sin pensarlo—. Y porque hace dos semanas todavía podía fingir que no se notaba.

Adrik se incorporó sobre un codo, observándola con devoción abierta, sin armaduras. Desde aquella cena con los Volkov, algo había cambiado.
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