La mañana como siempre llegó con náuseas e incomodidades, pero con una calma que superaba cualquier cosa.
Lía despertó con el peso del brazo de Adrik rodeándole la cintura y con esa sensación nueva —cada día más evidente— de plenitud. Su vientre ya no podía ocultarse. No era enorme, pero sí innegable: redondeado, firme, vivo. Se llevó la mano ahí casi por instinto, sonriendo mientras sentía cómo el mundo parecía acomodarse alrededor de esa pequeña curva.
Adrik estaba despierto. Lo supo antes d