—¿Y eso se consideró no ayudarlos en peligro?
—Faustino no estaba, y ninguno de nosotros sabía cómo curar el veneno… ¿cómo los salvamos? ¡La gente mala ve maldad hasta en un santo!
Lara escupió, y cerró la puerta del consultorio de un portazo. Nacho y Yolanda se sintieron mareados, con las piernas flojas. Ni siquiera se molestaron en discutir con Lara; con urgencia, se prepararon para ir al pueblo, y de ahí tomar un taxi al hospital de la ciudad.
—¡Carajo, qué ganas tengo!
—¡Esto que traía entre