Faustino asintió con la cabeza, bastante satisfecho, y se dirigió a Elena, quien estaba aturdida.
—Eres una mujer, no quiero golpearte. Arrodíllate, pide perdón, y te doy diez bofetadas, y asunto arreglado.
—¡No me arrodillaré para pedir perdón!
—¿Por qué debería disculparme con esa campesina?
—¡Aparte de que ella es más bonita y tiene mejor figura que yo, en todo lo demás la supero!
—¡No se merece que me arrodillé ante ella!
¡Elena gritó a voz en cuello, como si hubiera explotado!
—Te di una op