—¡Bah!, no estoy ciega, tú también eres excelente, ¿sabes?
Larisa, después de las explicaciones de Faustino, disipó la mayor parte de sus dudas.
—Si dices que pensabas en mí mientras lo hacías, dime, ¿en qué pensabas?
Larisa, sin saber por qué, hizo esa pregunta.
—Claro que pensé en tus pechos, en tu gran trasero, en tu lengua, en tu… fuentecita…
Faustino, viendo que Larisa ya no estaba tan enojada, aprovechó la oportunidad para abrazarla y besarla apasionadamente.
—¡Malvado!
—¡Ya sabía que no d