El abrazo tan esperado embriagó y llenó de avidez a Ximena, quien gimió.
Faustino, con una expresión de resignación, pensó: ¿Acaso, por tener buena suerte, ya no podrá ni siquiera usar las escaleras?
—Aunque pueda curarte, tienes que tener más cuidado.
—Si te lastimas, me dolerá a mí.
Faustino besó varias veces el rostro de Ximena, inhalando con deleite el aroma de su cuello.
Un perfume sutil y delicado que cautivó por completo a Faustino.
—Ay, cosquillas, deja de besarme, ve a ducharte primero.