—Así que tienes que ganar tres peleas... —murmuró el supervisor sin convicción.
Faustino agarró el cuello de la camisa del supervisor, quien palideció y empezó a sudar frío.
—¿Con que jugando conmigo, eh? Y después de ganar tres peleas, ¿serán cien más? ¿Me toman por idiota?
Ahora Faustino estaba seguro: Samuel y el jefe de la arena clandestina estaban confabulados, manipulando todo desde las sombras. El objetivo era obvio.
Querían usar a estos peleadores para matarlo.
El supervisor negó frenéti