No cesaron hasta que el cielo comenzaba a clarear. Larisa, exhausta pero plenamente satisfecha, se quedó profundamente dormida. Faustino, por su parte, tuvo la rara oportunidad de dormir plácidamente.
Al mediodía…
—¡Faustino, Larisa, vengan a comer!—
Victoria, con su habitual dulzura, había preparado la comida y despertó a Faustino. Faustino y Larisa, bostezando, se dirigieron al consultorio.
Faustino sentía un poco de pena. Aunque había triunfado ampliamente en sus —ejercicios— con Larisa la no